El caparazón de este caracol me acompaña desde mis primeros inicios tejiendo esparto, hace una década.
Es un recincho ancho, ni siquiera sabía hacer pleita, de varios tramos empalmados y mal cosidos.
Pero esa alfombra me ha acompañado entonces, los primeros años estuvo en la casica dentro, junto a la chimenea. Después me ha ayudado para combatir las malas hierbas de la huerta, sufriendo el calor del verano, las lluvias, los fríos del invierno...
Y ahí está todavía.
¡Qué mejor caparazón!
También es hermoso el deterioro de las piezas.
Ahora le manda un guiño a mi hermana pequeña. Seguirá ayudándome en la vida hasta que caiga deshilachado, habiendo cumplido más que de sobra.

